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Lo trágico de la relatividad temporal.

¿Qué si soy feliz? Claro que lo soy; menudo egoísta si dijera que no.

Dispongo de los mejores cimientos para ser feliz. Esa clase de soporte que no todos encuentran tras años de incesante búsqueda. Tengo la suerte de compartir mi vida con mi mujer y mi hija; mi mayor fuente de felicidad. Algo tan sencillo como poder desayunar con ellas cada mañana, ya me permite tener media sonrisa el resto del día

En cuanto a lo laboral, tras más de 10 años trabajando y habiendo visto casi de todo, tampoco puedo quejarme. Me dedico a lo que siempre quise dedicarme. Y no sólo eso: se me da bien. Tengo un trabajo estable, un buen sueldo y una prometedora carrera profesional.

Aunque quiero pensar que en parte es fruto de mi esfuerzo, no olvido la importancia del factor suerte. Mucha gente trabaja con ahínco cada día y las oportunidades no le llegan. En nuestra ingenuidad, solemos ligar el éxito únicamente al esfuerzo y, muchas veces, damos por hecho que un fracaso es fruto de no haber dado el 100% de uno mismo. Pero no siempre es así. Esa pizca de suerte, aplicada en un momento (o decisión) clave, puede marcar la diferencia entre éxito y fracaso. Por esto mismo, en este aspecto tampoco puedo quejarme.

En lo personal, siempre he sido una persona extrovertida y nunca me ha resultado difícil tratar con la gente. Tras trabajar con asociaciones y grupos de aficionados durante muchos años, obtuve las horas de vuelo en escenarios (dando charlas, mesas redondas, moderando…) que me han dado mucha facilidad para hablar en público. Como extra, ha sido una extraordinaria recompensa poder relacionarme con gente tan valiosa en sus ámbitos. A raíz de esto, tengo muchísimos conocidos, grandes colegas, y algunos muy buenos amigos. Por tener, tengo hasta dos hermanos; aún con mi condición de hijo único. Sin duda, otra fuente de felicidad de la que tengo que estar agradecido. Incluso pese a una pequeña «maldición» que hace que muchos de ellos se vayan a trabajar a otra ciudad, país o continente. Aún así, son felices y yo con ellos.

¿Pero entonces? ¿De dónde viene la pregunta inicial? Aunque nunca he tenido culto a la personalidad sí reconozco que, cuando se da el caso, me gusta quedarme con pinceladas. Steve Jobs nunca será un ejemplo a seguir para mi (yo soy más del otro Stephen), pero he de reconocer que alguna de sus frases y teorías resuenan en mi cabeza como un mantra. De aquel gran discurso de 2005 en la Universidad de Stanford me quedo, sobre todo, con esta cita:

En los últimos 33 años, me miro al espejo todas las mañanas y me pregunto: “Si hoy fuera en último día de mi vida, ¿querría hacer lo que estoy a punto de hacer?” Y cada vez que la respuesta ha sido “no” varios días seguidos, sé que necesito cambiar algo.

Aunque no necesito mirarme al espejo para hacerme la pregunta, tampoco necesito hacérmela para saber la respuesta. Son tantos y tantos días que sigo con la rutina de mi día a día que ya he perdido la cuenta de los síes y los noes.

Demasiados días remando durante la semana en un río de quehaceres y tareas, deseosos de llegar a la orilla que es ese preciado fin de semana donde parece que somos realmente nosotros y podemos disfrutar. Demasiados días sin ver la luz del sol; saliendo sin que amanezca y regresando ya de noche. Pero el reloj nos engaña y en, esos días libres, sus manillas van a otra velocidad y los segundos se escapan entre los dedos. Irremediablemente. Tan sólo para volver a empezar; otra vez, y volver remar desde el principio.

Y así, semana tras semana, mes tras mes, ansiosos de que lleguen las vacaciones. Que no son más que un fin de semana pero más largo. Esas vacaciones donde podemos hacer muchas más cosas y disfrutar mucho más haciendo lo que más nos apetezca en ese momento. Que pena que se acaben también… para volver directamente a la “casilla de rutina” y sin cobrar los 20.000.

Con el paso del tiempo me he dado cuenta que el bien más preciado que tenemos es el tiempo. Seguro que para muchos sea algo natural y se rían llegados a este punto, pero yo tardé en darme cuenta de ello.

También se dice mucho que el dinero por sí sólo no compra la felicidad. Es cierto. Pero cuando ya eres feliz, te permite comprar tiempo, y si eres feliz y eres dueño de tu tiempo, seguramente puedas alcanzar el mayor grado de felicidad. Al menos yo lo veo así.

Por esto muchas veces bromeo con mis allegados y les digo que yo no juego a la lotería para ser millonario y tener una casa más grande o un coche más moderno. “¡Pensamientos de pobre!” me dicen ellos. Yo juego para, tal vez, llegar a ser dueño de mi tiempo y disponer de él como nos venga en gana, pero juntos. Y porque casi nadie consigue esto trabajando (al menos honradamente).

Sin duda el Capitán Obvio vendrá a saludarnos tras esta sarta de evidencias. Tan sólo espero que me pille remando. Pero eso sí… mejor próximo a la orilla que ya va pesando la semana.